jueves, 3 de enero de 2013

Temporal 2. Me deslizo ligeramente por toda la superficie de la sala. Creo que en realidad no soy capaz de darme cuenta de nada de lo que ocurre a mi alrededor ya que estoy demasiado ensimismada en mis pensamientos. Acabo de tener un incidente no demasiado agradable con alguien que no forma parte de mi plantilla pero que aún así tengo que cruzarme todos los días –o casi todos– en el trabajo. La susodicha, sin razón aparente ha optado hace escasos diez minutos por reírse de mi, en mis propias narices. Es de ese tipo de personas que te hacen entrar en combustión de repente y sin quererlo con sólo mirarlas. Siento una rabia tan grande que en mi imaginación recreo la obra de Saburo Murakami que se expone al final de la sala usándola a ella como sujeto que atraviesa la pseudo-tela. Finalmente me doy cuenta de que ello no me lleva a ninguna parte y, cuando la adrenalina del genio se me ha bajado, me empieza a invadir una ola de tristeza. Me gustaría irme corriendo de aquí. Me gustaría encontrar un lugar semiescondido donde poder pasar desapercibida.

Después de un rato de paseos incesantes en los que realmente no creo ni que percibiese si alguien se está comiendo alguna de las obras expuestas, me viene algo a la mente. Una sensación como la que se te produce cuando tienes un sentimiento común con algo o alguien. Me acuerdo de Esther Greenwood, la protagonista de la única novela escrita por la poeta estadounidense Sylvia Plath –publicada en 1963 bajo el seudónico de Victoria Lucas–. Entre las páginas de esta novela en clave, Greenwood se encuentra en una situación parecida a la mía. En una de esas situaciones en las que, a posteriori, rememoras lo ocurrido y piensas en una brillante respuesta que deje al contrario anonadado, sin palabras. En su caso, el acompañante no es mi susodicha, obvio, sino Buddy Willard, un intento de amor que fracasa al fin. El asunto va de la siguiente forma:

—¿Sabes lo que es un poema, Esther?

— No, ¿qué es? – decía yo

— Un grano de polvo.

Entonces, cuando él comenzara a sonreír y a mostrarse orgulloso, yo diría:
— También lo son los cadáveres que cortas. También lo es la gente a la que crees curar. Son polvo como el polvo mismo es polvo. Calculo que un buen poema dura mucho más que cientos de esas gentes juntas.

Anonadado se hubiera quedado el señorito Willard con esta respuesta, tan sólo por la belleza que se esconde entre estas pocas palabras que pone Sylvia Plath en boca de la señorita Greenwood. Yo no sé si hubiera tenido, en el momento, la misma destreza que Esther con mi susodicha. Lo que, pensándolo a posteriori, sí le hubiera dicho, y, claro está, usando el polvo –u otros componentes de textura granulosa–, sería: «¡Y tú de qué te ries, que no tienes más que serrín en la cabeza!». Yo no sé cuánto dura un poema, Esther Greenwood, pero lo que sí estoy segura es que dura mucho más que el tiempo que le da la capacidad de raciocinio de mi susodicha. Que vivan los poemas y su larga vida, y la gran literatura que, aunque sea en mi cabeza, sigue callando las enormes estupideces.

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