Sala K. Me acerco a las puertas de vidrio
que dan entrada a la terraza. A través de ellas parece sentirse una
libertad que ahora es inexistente. Salgo, admirando el cielo. El sol
está escondiéndose detrás de los altos árboles que envuelven la
Fundación. Mientras, en un cielo que va combinando los colores rosados y
los azules, dos aviones se cruzan en el dejando atrás, paulatinamente,
una franja de un color blanquecino que marca una señal en forma de cruz.
Camino hacia el extremo opuesto a la puerta de entrada, situándome
justo enfrente de una Barcelona que se me presenta minúscula, ínfima.
Cuantas más veces la veo así, más consciente soy de que es una visión
privilegiada de una ciudad que siento muy mía. En la distancia, aprecio
lugares que luego, a pie de calle, se me aparecen a una escala mucho
mayor. Todo se ve distinto con una perspectiva, incluso la Ciudad
Condal. Momentos como estos me dan energía.
Cuando entro otra vez, ya que mi cuerpo
está notando en demasía el frío exterior –y lo nota porque sólo llevo un
jersey fino y un chaleco negro–, empiezo a pasear con una lentitud
calculada. No hay más que dos personas en todo el tramo de salas en el
que me toca pasar la siguiente hora. Llego hasta la última sala sabiendo
qué voy a buscar. En las cuatro paredes que forman la última sala se
encuentran, creo poder decir, las obras que más me emocionan del
artista. Me sitúo delante de una y me invade una sensación de nostalgia.
A través de la obra El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de la amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes (1967),
depositada en el museo gracias a Katsumata Katsuta, recuerdo a T.
Camps. Sé que ella lo considera como el más grande –o uno de los más
grandes– artistas que Cataluña nos ha regalado.
T. Camps es una mujer bajita, de pelo
cano, con unos ojos claros desgastados de tantos años de curiosidad
incesante. Tiene una forma de andar muy particular y es que parece que
vaya dando pequeños saltitos mientras el resto del cuerpo se le mantiene
impasible. Siempre –dentro o fuera del aula– lleva las gafas en una
posición más inferior de lo que parece posible en un tabique nasal. Esta
colocación de los anteojos hace que tenga una voz más nasal de la que
normalmente tiene y a veces, entre eso y su rapidez en el habla, se hace
ciertamente difícil de entenderla. Mujer con una inagotable mente
despierta, libre, que muchas veces recuerda al ensimismamiento infantil
por las cosas que envuelven la vida humana. Ese ensimismamiento tan
propio me recuerda muchísimo a Miró. De hecho, Tortell Poltrona, en un
fragmento de un video, menciona que el artista siempre le recordó «el
ser niño» en la forma que tenía de mirar el mundo y en esa tremenda
capacidad infantil de caerse y volverse a levantar, facultad que, como
bien dice, cuando nos hacemos mayores vamos perdiendo progresivamente
cuando aprendemos a mentir. Lo que más me gusta de T. Camps es que me
recuerda a una pequeña exploradora que nunca sacia su sed de descubrir,
parámetro con el que me siento profundamente identificada. Y en realidad
cada vez más pienso que las cosas nos gustan porque nos autodefinen
–tanto por cómo somos, así como por cómo querríamos ser–.
Es una profesora que, mientras hace
crujir los múltiples anillos que sus dedos acarrean contra la mesa del
proyector –manteniendo la tradición de las diapositivas que tanto le
gustan–, acostumbra a espetar unas máximas de una profundidad y una
experiencia desbordante, de esas que te dejan patidifuso y que crees que
tienes que ir anotando para no olvidarlas nunca. Hoy mismo, mientras
golpeaba al ritmo de su entusiasmo, ha sentenciado: «quien tenga la
constancia de resistir, siempre con autocrítica, quedará». Gracias a
esta gran mujer, porque lo cierto es que siempre va bien, en estos
momentos de nihilismo total y expandido, que alguien con una vehemencia
tan patente te recuerde que, en realidad, siempre hay esperanza. Como
vaticina el refranero popular: «no hay atajo sin trabajo» o «quien
trabaja con afán, pronto ganará su pan».
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