sábado, 12 de enero de 2013

Sala K. Me acerco a las puertas de vidrio que dan entrada a la terraza. A través de ellas parece sentirse una libertad que ahora es inexistente. Salgo, admirando el cielo. El sol está escondiéndose detrás de los altos árboles que envuelven la Fundación. Mientras, en un cielo que va combinando los colores rosados y los azules, dos aviones se cruzan en el dejando atrás, paulatinamente, una franja de un color blanquecino que marca una señal en forma de cruz. Camino hacia el extremo opuesto a la puerta de entrada, situándome justo enfrente de una Barcelona que se me presenta minúscula, ínfima. Cuantas más veces la veo así, más consciente soy de que es una visión privilegiada de una ciudad que siento muy mía. En la distancia, aprecio lugares que luego, a pie de calle, se me aparecen a una escala mucho mayor. Todo se ve distinto con una perspectiva, incluso la Ciudad Condal. Momentos como estos me dan energía.

Cuando entro otra vez, ya que mi cuerpo está notando en demasía el frío exterior –y lo nota porque sólo llevo un jersey fino y un chaleco negro–, empiezo a pasear con una lentitud calculada. No hay más que dos personas en todo el tramo de salas en el que me toca pasar la siguiente hora. Llego hasta la última sala sabiendo qué voy a buscar. En las cuatro paredes que forman la última sala se encuentran, creo poder decir, las obras que más me emocionan del artista. Me sitúo delante de una y me invade una sensación de nostalgia. A través de la obra El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de la amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes (1967), depositada en el museo gracias a Katsumata Katsuta, recuerdo a T. Camps. Sé que ella lo considera como el más grande –o uno de los más grandes– artistas que Cataluña nos ha regalado.

T. Camps es una mujer bajita, de pelo cano, con unos ojos claros desgastados de tantos años de curiosidad incesante. Tiene una forma de andar muy particular y es que parece que vaya dando pequeños saltitos mientras el resto del cuerpo se le mantiene impasible. Siempre –dentro o fuera del aula– lleva las gafas en una posición más inferior de lo que parece posible en un tabique nasal. Esta colocación de los anteojos hace que tenga una voz más nasal de la que normalmente tiene y a veces, entre eso y su rapidez en el habla, se hace ciertamente difícil de entenderla. Mujer con una inagotable mente despierta, libre, que muchas veces recuerda al ensimismamiento infantil por las cosas que envuelven la vida humana. Ese ensimismamiento tan propio me recuerda muchísimo a Miró. De hecho, Tortell Poltrona, en un fragmento de un video, menciona que el artista siempre le recordó «el ser niño» en la forma que tenía de mirar el mundo y en esa tremenda capacidad infantil de caerse y volverse a levantar, facultad que, como bien dice, cuando nos hacemos mayores vamos perdiendo progresivamente cuando aprendemos a mentir. Lo que más me gusta de T. Camps es que me recuerda a una pequeña exploradora que nunca sacia su sed de descubrir, parámetro con el que me siento profundamente identificada. Y en realidad cada vez más pienso que las cosas nos gustan porque nos autodefinen –tanto por cómo somos, así como por cómo querríamos ser–.

Es una profesora que, mientras hace crujir los múltiples anillos que sus dedos acarrean contra la mesa del proyector –manteniendo la tradición de las diapositivas que tanto le gustan–, acostumbra a espetar unas máximas de una profundidad y una experiencia desbordante, de esas que te dejan patidifuso y que crees que tienes que ir anotando para no olvidarlas nunca. Hoy mismo, mientras golpeaba al ritmo de su entusiasmo, ha sentenciado: «quien tenga la constancia de resistir, siempre con autocrítica, quedará». Gracias a esta gran mujer, porque lo cierto es que siempre va bien, en estos momentos de nihilismo total y expandido, que alguien con una vehemencia tan patente te recuerde que, en realidad, siempre hay esperanza. Como vaticina el refranero popular: «no hay atajo sin trabajo» o «quien trabaja con afán, pronto ganará su pan».

No hay comentarios:

Publicar un comentario