miércoles, 26 de diciembre de 2012

Cruzo el patio del olivo. Siempre miro a la izquierda poniendo toda la atención de mi sentido auditivo para darme cuenta de las noticias que salen expandidas a través de la radio del coche que Pitarch ha colisionado contra el árbol. Cuando atravieso el jardín, la brisa del aire siempre me golpea la cara y, si llevo un jersey con punto gordo, noto como, lentamente, el frío va penetrando por los microscópicos agujeros que se crean por la forma en que ha sido tejido. Me siento semi-libre entre las cuatro paredes que me rodean, es una sensación un poco extraña. Me dirijo a la parte de detrás del mostrador, con el precioso tapiz a mi derecha.


Todos los visitantes suspiran anonadados cuando entran en la sala del tapiz y lo cierto es que les entiendo perfectamente. Es una obra impresionante como pocas que te produce una sensación abrumadora en la que notas el trabajo y la creatividad más juntos que nunca. Lo que pasa, por eso, es que cuando llevas unas cuantas horas con la susodicha obra pasas a otra fase. Yo ya estoy en ese siguiente estadio y –aunque es cierto que siempre, en cuanto entro en la sala, me siento asombrada por el maravilloso tapiz– he pasado a la etapa en la que me imagino sacándolo de la pared, tendiéndolo en el suelo y estirándome encima suyo mientras hago la croqueta por toda su extensión. ¡Eso sí que sería un disfrute físico del arte!


Es curioso verme a mi misma repasando un serie de temas a los que tengo que dar unas cuantas vueltas. Aunque suene bastante excéntrico, me reservo las horas de trabajo para pensar en determinados asuntos. Y no es espontáneo, no, lo programo con bastante antelación. Si me surge alguno de ellos durante el día, paro mi mente y recoloco el susodicho asunto en un cajoncito en el que pone después. Esto me recuerda a un fragmento de un video en el que aparece Tortell Poltrona que me emociona en especial. Él dice que guarda todos los recuerdos en una cajita dentro de su cabeza para recuperarlos cuando los necesite. En las horas del informador de salas sucede más o menos lo mismo, lo que pasa que la cajita se llena de otras muchas cosas que se deben hacer y no son materiales. Después de pensar, la mayoría de veces intento escribir lo que he estado pensando, aunque sólo tengo dos posibles horas para hacerlo. Me expreso, pues, –y a escondidas, claro– en las entradas blancas de la Fundación mientras estoy en el control de la colección permanente o temporal.


Comento todo esto para todo aquel que se pregunte qué hace un informador de salas durante tantas horas yendo de aquí para allá en una sala o plantado al lado de una esquina con mucha visibilidad. Pues eso, señores. Para un informador de salas, cualquier detalle aparentemente anodino es extraordinario. Yo misma me he visto, sin darme cuenta, calculando que mi pie mide un centímetro más que la baldosa sobre la que lo he apoyado. Lo peor de todo es que, después, he sonreído triunfante. Como si haber descifrado ese sustancial dato me diera un pellizco más de sabiduría.

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