Cruzo el patio del olivo. Siempre miro a
la izquierda poniendo toda la atención de mi sentido auditivo para darme
cuenta de las noticias que salen expandidas a través de la radio del
coche que Pitarch ha colisionado contra el árbol. Cuando atravieso el
jardín, la brisa del aire siempre me golpea la cara y, si llevo un
jersey con punto gordo, noto como, lentamente, el frío va penetrando por
los microscópicos agujeros que se crean por la forma en que ha sido
tejido. Me siento semi-libre entre las cuatro paredes que me rodean, es
una sensación un poco extraña. Me dirijo a la parte de detrás del
mostrador, con el precioso tapiz a mi derecha.
Todos los visitantes suspiran anonadados
cuando entran en la sala del tapiz y lo cierto es que les entiendo
perfectamente. Es una obra impresionante como pocas que te produce una
sensación abrumadora en la que notas el trabajo y la creatividad más
juntos que nunca. Lo que pasa, por eso, es que cuando llevas unas
cuantas horas con la susodicha obra pasas a otra fase. Yo ya estoy en
ese siguiente estadio y –aunque es cierto que siempre, en cuanto entro
en la sala, me siento asombrada por el maravilloso tapiz– he pasado a la
etapa en la que me imagino sacándolo de la pared, tendiéndolo en el
suelo y estirándome encima suyo mientras hago la croqueta por toda su
extensión. ¡Eso sí que sería un disfrute físico del arte!
Es curioso verme a mi misma repasando un
serie de temas a los que tengo que dar unas cuantas vueltas. Aunque
suene bastante excéntrico, me reservo las horas de trabajo para pensar
en determinados asuntos. Y no es espontáneo, no, lo programo con
bastante antelación. Si me surge alguno de ellos durante el día, paro mi
mente y recoloco el susodicho asunto en un cajoncito en el que pone después.
Esto me recuerda a un fragmento de un video en el que aparece Tortell
Poltrona que me emociona en especial. Él dice que guarda todos los
recuerdos en una cajita dentro de su cabeza para recuperarlos cuando los
necesite. En las horas del informador de salas sucede más o menos lo
mismo, lo que pasa que la cajita se llena de otras muchas cosas que se
deben hacer y no son materiales. Después de pensar, la mayoría de veces
intento escribir lo que he estado pensando, aunque sólo tengo dos
posibles horas para hacerlo. Me expreso, pues, –y a escondidas,
claro– en las entradas blancas de la Fundación mientras estoy en el
control de la colección permanente o temporal.
Comento todo esto para todo aquel que se
pregunte qué hace un informador de salas durante tantas horas yendo de
aquí para allá en una sala o plantado al lado de una esquina con mucha
visibilidad. Pues eso, señores. Para un informador de salas, cualquier
detalle aparentemente anodino es extraordinario. Yo misma me he visto,
sin darme cuenta, calculando que mi pie mide un centímetro más que la
baldosa sobre la que lo he apoyado. Lo peor de todo es que, después, he
sonreído triunfante. Como si haber descifrado ese sustancial dato me
diera un pellizco más de sabiduría.
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