Homo homini lupus est decía Plauto en
Asinaria, una de sus piezas más emblemáticas. Estoy en la sala Joan
Prats y no puedo sacármelo de la cabeza. Ando sin parar, camino siempre
porque eso parece que da cuerda a mis pensamientos cuando estoy en un
estado semejante. Cada día que pasa me doy cuenta de que Plauto tenía
toda la razón: a veces nosotros mismos devenimos nuestro peor enemigo.
Hace unos días que intento, aunque sea
una vez al día, pararme en este bucle en el que vivo –y en plural,
vivimos– y reflexionar un poco. Estamos tan envueltos en esta vorágine
que esta nuestra sociedad que no nos damos cuenta de nada, la mayoría de
las cosas suceden a nuestro lado, se cuelan en el rabillo de nuestro
ojo, y pasan, sin más pena ni más gloria. Yo misma ando sintiéndome
últimamente de la misma forma. Cada vez que llego a casa, después de
días y días de no parar, me invade una sensación semejante que no puedo
describir en una sola palabra. Es como si dependiera de un reloj que me
arrastra y que nunca tiene suficientes horas para mí.
Cuanto más rato ando entre las esculturas
de la segunda sala de la colección permanente más lo pienso. Se
necesita frenar para ser consciente. Tienes que pararte para darte
cuenta de que vuelves a estar igual de dentro que siempre, pese a que no
lo creas. Es como un centro que te absorbe hacia su interior aunque sea
en contra de tu voluntad y del que, por suerte o por desgracia –y, por
supuesto, no quiero parecer derrotista– cada día que pasa creo que es
más imposible salir. Este sistema en el que vivimos es como un
ave carroñera que nos va devorando poco a poco y acabamos, en
definitiva, todos igual, con la misma sensación de tristeza y de algo
que confundimos con el inconformismo perenne. Y con la misma huella
física de un vacío interior que no se llena con nada.
Swami Prajnanpad decía que somos el
producto de nuestro entorno. Por eso no podemos ver nada que esté fuera
de nuestras costumbres y de las convenciones sociales de las que estamos
impregnados. Si queremos ver más allá, menciona, debemos liberarnos
antes de nuestra forma habitual de interpretar los hechos. Así, sea como
sea todo lo que me envuelve, creo que hay pequeñas acciones diarias que
pueden ayudar a mejorar todo lo que hay a nuestro alrededor, intentando
vivir con más nobleza y un pelín más generosidad. No cuesta tanto si lo
pensamos. La generosidad empieza por algo tan sencillo como puede ser
sonreír a alguien desconocido y un regalo como éste, bajo mi humilde
punto de vista, es lo más económico que se puede encontrar en estos
tiempos de crisis.
En El gran Gatsby
(1922), Francis Scott Fitzgerald –que vivió en los que fueron
denominados «los felices años veinte»– acaba uno de sus majestuosos
libros diciendo en boca de Nicholas Carraway: «Y así seguimos bogando,
como botes contra la corriente, arrastrados incesantemente hacia el
pasado». Nunca me gustaron mucho las corrientes fuertes que se llevan
hasta tu propia y única esencia. Lo que eres de verdad. Así que, aún y
mi estima –declarada y fehaciente– por la elevada óptica literaria de
este gran escritor, testigo de una época que se movía entre el jazz y la
ginebra, me declaro partidaria de una visión más ghandiana del asunto. Y
es que cuánta razón tuvo éste al escribir: «Debemos negarnos a dejarnos
llevar por la corriente. Un ser humano que se ahoga no puede salvar a
otros». Entre las esculturas que son el paisaje de esta hora decido
repartir sonrisas, uno de los flotadores más potentes y menos costosos.
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