lunes, 4 de marzo de 2013

Hoy llueve. Los cristales que envuelven por delante el patio del olivo se han empañado debido al calor que generamos dentro. Estamos a escasos cuarenta minutos de empezar a cerrar y no tengo la esperanza de que nadie cruce la línea imaginaria que indica que tengo que incorporarme y repetir mi pequeña interpretación: sonreír, coger con delicadeza la entrada, romperla por un lateral con cuidado y recordar, sutilmente, que en el interior no está permitido el uso de la cámara de fotografiar –no pictures o lo que sería lo mismo, pas de fotos–.

Me quedo absorta mirando cómo las luces del coche que Jaume Pitarch ha estrellado, con el nombre de «Nadala», se reflejan en el cristal de forma intermitente. Todo ello me lleva a una especie de trance que me trae un recuerdo de la noche reciente. Cubierta por el edredón y la manta roja de renos y copos de nieve me topé con un fragmento que me dio mucho que pensar. Chandra Mohan Jain, más conocido como Osho, hablaba de Dios con la siguiente elocuencia:

Friederich Nietzsche dice: «Dios ha muerto». Sin embargo, nadie le ha preguntado: «¿Quién lo ha matado?». Sólo hay dos posibilidades: o se ha suicidado o lo han asesinado. Dios no puede suicidarse; eso es imposible, porque Dios significa dicha. ¿Cómo puede suicidarse la dicha? Dios significa verdad. ¿Por qué se va a suicidar la verdad? En realidad, Dios significa eternidad, de ahí que sea imposible que se haya suicidado. Tienen que haberlo matado.

Fueron los sacerdotes. Todos los sacerdotes de todas las religiones han tomado parte en esta gran conspiración, han matado a Dios. Evidentemente, no pueden matar a un Dios real, pero pueden matar al Dios que ellos mismos han creado.
No sé en qué instante el ser humano toma consciencia de su religión. Lo que sí sé es cuándo llegó el mío. Recuerdo que hubo un día en el que pasee por una ciudad que parecía estar detenida en el tiempo. Me encontraba a trece kilómetros de la bulliciosa capital en la que me alojaba y a mil cuatrocientos metros de altitud. La Ciudad de los Devotos –según su traducción literal–, fundada en el año 889 d.C. por el rey Ananda Malla, presenció uno de los momentos más importantes del que ha sido mi recorrido hasta ahora: mi encuentro con la espiritualidad.

Todo ello no creo que esté ligado a sacerdotes u otros entes que manipulan la fe o su figura en pos de la creación de una empresa que lo es todo menos los valores que ellos mismos propugnan. Yo misma no sé si Dios ha muerto, pero sí he presenciado que la fe y la creencia no. Sea en una religión monoteísta, en una politeísta o en un recuerdo que llevas en la cartera para que te proteja: la fe no se ha extraviado.

Y mi último pensamiento se sucede antes de que llegue mi jefe con la bolsa negra de Massimo Dutti que contiene los mandos e instrucciones para cerrar las dos salas temporales. Pienso en algo que escribió también Osho, y que yo no podría haber dicho con mejores palabras: «nuestra divinidad no está perdida; simplemente nos hemos olvidado de quienes somos».

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