Hoy llueve. Los cristales que envuelven
por delante el patio del olivo se han empañado debido al calor que
generamos dentro. Estamos a escasos cuarenta minutos de empezar a cerrar
y no tengo la esperanza de que nadie cruce la línea imaginaria que
indica que tengo que incorporarme y repetir mi pequeña interpretación:
sonreír, coger con delicadeza la entrada, romperla por un lateral con
cuidado y recordar, sutilmente, que en el interior no está permitido el
uso de la cámara de fotografiar –no pictures o lo que sería lo mismo, pas de fotos–.
Me quedo absorta mirando cómo las luces
del coche que Jaume Pitarch ha estrellado, con el nombre de «Nadala», se
reflejan en el cristal de forma intermitente. Todo ello me lleva a una
especie de trance que me trae un recuerdo de la noche reciente. Cubierta
por el edredón y la manta roja de renos y copos de nieve me topé con un
fragmento que me dio mucho que pensar. Chandra Mohan Jain, más conocido
como Osho, hablaba de Dios con la siguiente elocuencia:
Friederich Nietzsche dice: «Dios ha muerto». Sin embargo, nadie le ha preguntado: «¿Quién lo ha matado?». Sólo hay dos posibilidades: o se ha suicidado o lo han asesinado. Dios no puede suicidarse; eso es imposible, porque Dios significa dicha. ¿Cómo puede suicidarse la dicha? Dios significa verdad. ¿Por qué se va a suicidar la verdad? En realidad, Dios significa eternidad, de ahí que sea imposible que se haya suicidado. Tienen que haberlo matado.
Fueron los sacerdotes. Todos los sacerdotes de todas las religiones han tomado parte en esta gran conspiración, han matado a Dios. Evidentemente, no pueden matar a un Dios real, pero pueden matar al Dios que ellos mismos han creado.
No sé en qué instante el ser humano toma
consciencia de su religión. Lo que sí sé es cuándo llegó el mío.
Recuerdo que hubo un día en el que pasee por una ciudad que parecía
estar detenida en el tiempo. Me encontraba a trece kilómetros de la
bulliciosa capital en la que me alojaba y a mil cuatrocientos metros de
altitud. La Ciudad de los Devotos –según su traducción literal–, fundada
en el año 889 d.C. por el rey Ananda Malla, presenció uno de los
momentos más importantes del que ha sido mi recorrido hasta ahora: mi
encuentro con la espiritualidad.
Todo ello no creo que esté ligado a
sacerdotes u otros entes que manipulan la fe o su figura en pos de la
creación de una empresa que lo es todo menos los valores que ellos
mismos propugnan. Yo misma no sé si Dios ha muerto, pero sí he
presenciado que la fe y la creencia no. Sea en una religión monoteísta,
en una politeísta o en un recuerdo que llevas en la cartera para que te
proteja: la fe no se ha extraviado.
Y mi último pensamiento se sucede antes
de que llegue mi jefe con la bolsa negra de Massimo Dutti que contiene
los mandos e instrucciones para cerrar las dos salas temporales. Pienso
en algo que escribió también Osho, y que yo no podría haber dicho con
mejores palabras: «nuestra divinidad no está perdida; simplemente nos
hemos olvidado de quienes somos».
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