Sala de control de la exposición
permanente. Las siete menos cinco de la tarde. No puedo sacarme de la
cabeza la clase de Teorías artísticas contemporáneas. La docente en
cuestión, además de ser un personaje digno de admirar -léase la
subjetividad personal entre líneas-, es alguien capaz de distinguir, en
un abrir y cerrar de ojos, que en el aula contigua se está interpretando
a J. S. Bach mientras intenta explicar, de todas las maneras posibles,
qué es -algo tan aparentemente sencillo pero profundamente conflictivo
como- la posmodernidad. En clase, pues, se ha mencionado un texto que me
ha dejado absorta. En él Cézanne y Gasquet mantienen una
pseudo-conversación. Uso el prefijo pseudo- porque no sabemos
hasta qué punto son conversaciones reales o elaboradas por la
imaginación de Gasquet. Me emociona mucho la capacidad de Cézanne de
vincular los sentidos para percibir las cosas y me parece súmamente
original pensar que una obra de arte puede llegar a contener un olor en
particular.
CÉZANNE — […] No. No. Fíjate. Que no. Que no hay ninguna armonía. Esta tela no huele a nada. Dime tú si le notas algún perfume. ¿Le notas algo? A ver, cuál…
YO — La fragancia de los pinos.
CÉZANNE — Dices eso porque hay dos grandes pinos que agitan las ramas en primer plano… Pero esto es una sensación visual… Además, ese olor tan azul de los pinos, que es áspero al sol, debe mezclarse con el olor verde de las praderas que aquí cada mañana exhalan frescor, y con el olor de las piedras, y con el lejano aroma de mármol de la Sainte-Victoire. Y a mí no me ha salido. Y me tiene que salir. En los colores, sin literatura. A la manera de Baudelaire y Zola, que por la simple yuxtaposición de las palabras perfuman misteriosamente todo un verso o toda una frase. Si la sensación alcanza la plenitud, se armoniza con todo el ser. La vorágine del mundo, en el fondo de un cerebro, se resuelve siguiendo el mismo movimiento que perciben los ojos, las orejas, la boca, la nariz, y cada uno con su lirismo particular… Y creo que el arte nos imbuye ese estado de gracia que hace que la emoción universal nos penetre como algo religioso, aunque muy natural.
Además de mencionar que se me eriza la
piel con la última -y magnífica- sentencia de Cézanne debo añadir que
siempre he creído, a la par que el susodicho, que los grandes narradores
son capaces de hacerte oler todo con una exactitud abrumadora, incluso
el pastel que supuestamente se cuece a fuego lento en el horno mientras
atiendes a un diálogo banal sobre el tiempo que hace. Me gustaría ser
así. Ese alguien que a partir de la suma de letras y, por consiguiente,
de palabras, frases y párrafos, sea capaz de hacer que alguien que se
encuentra en una situación tan corriente como un viaje en tren o un
descanso relajado en el sofá del comedor con una manta, sea capaz de
aislarse completamente de su entorno para adentrarse de pleno en el
lugar donde sucede lo que se narra, que huela el entorno en el que la
historia se produce, que visualice la escena. Al fin y al cabo, y
parafraseando a Samuel Beckett, las palabras son todo lo que tenemos.
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