lunes, 12 de noviembre de 2012

Las tres del mediodía. Camino lo más deprisa que puedo para sustituir a la informadora matinal que se encuentra en el sitio que tengo que ocupar durante la primera hora del turno de tarde. Oigo el silbido que me indica que estoy llegando a mi destino. Minuto 3.45 del documental de Hans Namuth. Uno de los mayores gigantes del arte americano, Jackson Pollock, cigarrillo en boca, entona un repetitivo sonido mientras esparce pintura blanca usando su famosa técnica del dripping. Me sitúo en el extremo izquierdo de la sala para esperar a que las agujas del reloj giren lo que será mi próxima hora en la sala número uno del museo en el que trabajo. Ese es, señores, mi quehacer diario.

Me sorprende cada día, aún llevando más de dos semanas, la multiplicidad de funciones del informador de sala. Aunque no sé si me he expresado bien. En realidad, creo que un informador -basándome en mi subjetiva experiencia personal-, sólo tiene dos recibimientos por parte del público. Por un lado, algunos estimados visitantes te tratan cual poste eléctrico en el transcurso de un viaje por carretera. Saben que estás ahí, notan tu presencia, pero no pierden un segundo de su tiempo en ladear ligeramente la cabeza para mirarte. Ni qué decir sobre hacer alguna pregunta referente a las obras que están viendo y que, por la expresión facial que se les queda, no entienden. Aunque el comentario pueda esconder para algunos un ápice de crueldad me siento en la obligación de añadir que, cuando veo salir a alguno de estos visitantes con cara de descompuesto después de llevar unos minutos delante de una obra de Jackson Pollock o de Niki de Saint Phalle de la sala en la que me encuentro, me entra la risa floja.

Por otro lado, y aunque parezca utópico a veces, quedan aún esas personas que no sólo se molestan en perder algunas kilocalorias por el giro craneal sino que, además, tienen la gentileza de sonreírte o desearte unos buenos días. Y por esa tipología de público es por la que vale la pena ir al trabajo cada día. Una señora mayor que te mira con sus labios recauchutados de carmín y mientras sonríe te dice lo mucho que te pareces a su hija Pepa ya que tienes su misma sonrisa. Un niño pequeño que, a hombros de su padre -que no se ha molestado en divisarte-, se gira y te saluda con el peluche que lleva colgando de la mano derecha. Un niña que viene a contarte lo “chula” que le parece la obra Muttsu no ana (1955) de Saburo Murakami porque éste es el doble de Harry Potter, con la abuela riendo de fondo y pensando cuán inteligente es su nieta, eso no falla. Una mujer coja a la que le ofreces una silla de ruedas para que pueda visitar mejor el museo y te acaba explicando anécdotas de cuando era joven. Y tantos otros sucesos que voy acumulando en mi memoria y que me hacen sonreír en los momentos más inesperados.

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