Las tres del mediodía. Camino lo más
deprisa que puedo para sustituir a la informadora matinal que se
encuentra en el sitio que tengo que ocupar durante la primera hora del
turno de tarde. Oigo el silbido que me indica que estoy llegando a mi
destino. Minuto 3.45 del documental de Hans Namuth. Uno de los mayores
gigantes del arte americano, Jackson Pollock, cigarrillo en boca, entona
un repetitivo sonido mientras esparce pintura blanca usando su famosa
técnica del dripping. Me sitúo en el extremo izquierdo de la sala para
esperar a que las agujas del reloj giren lo que será mi próxima hora en
la sala número uno del museo en el que trabajo. Ese es, señores, mi
quehacer diario.
Me sorprende cada día, aún llevando más
de dos semanas, la multiplicidad de funciones del informador de sala.
Aunque no sé si me he expresado bien. En realidad, creo que un
informador -basándome en mi subjetiva experiencia personal-, sólo tiene
dos recibimientos por parte del público. Por un lado, algunos estimados
visitantes te tratan cual poste eléctrico en el transcurso de un viaje
por carretera. Saben que estás ahí, notan tu presencia, pero no pierden
un segundo de su tiempo en ladear ligeramente la cabeza para mirarte. Ni
qué decir sobre hacer alguna pregunta referente a las obras que están
viendo y que, por la expresión facial que se les queda, no entienden.
Aunque el comentario pueda esconder para algunos un ápice de crueldad me
siento en la obligación de añadir que, cuando veo salir a alguno de
estos visitantes con cara de descompuesto después de llevar unos minutos
delante de una obra de Jackson Pollock o de Niki de Saint Phalle de la
sala en la que me encuentro, me entra la risa floja.
Por otro lado, y aunque parezca utópico a
veces, quedan aún esas personas que no sólo se molestan en perder
algunas kilocalorias por el giro craneal sino que, además, tienen la
gentileza de sonreírte o desearte unos buenos días. Y por esa tipología
de público es por la que vale la pena ir al trabajo cada día. Una señora
mayor que te mira con sus labios recauchutados de carmín y mientras
sonríe te dice lo mucho que te pareces a su hija Pepa ya que tienes su
misma sonrisa. Un niño pequeño que, a hombros de su padre -que no se ha
molestado en divisarte-, se gira y te saluda con el peluche que lleva
colgando de la mano derecha. Un niña que viene a contarte lo “chula” que
le parece la obra Muttsu no ana (1955) de Saburo Murakami porque éste
es el doble de Harry Potter, con la abuela riendo de fondo y pensando
cuán inteligente es su nieta, eso no falla. Una mujer coja a la que le
ofreces una silla de ruedas para que pueda visitar mejor el museo y te
acaba explicando anécdotas de cuando era joven. Y tantos otros sucesos
que voy acumulando en mi memoria y que me hacen sonreír en los momentos
más inesperados.
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