jueves, 14 de marzo de 2013

Son las ocho de un jueves normal. Hoy abrimos hasta las nueve y media y me toca cubrir hasta el cierre del museo. Durante tres cuartos de hora tengo que supervisar toda la planta superior. Estos son momentos que te hacen ver un museo de una forma completamente distinta. Estoy completamente sola en la parte de la colección permanente así que puedo decir que, durante estos minutos, este lugar es un poco mío. El cansancio acumulado y el silencio hacen que sea cada vez más complicado disimular la nostalgia que siento y que de buena mañana, con el café, ya me ha atacado.

Un caballo de cartón. Ocho variantes diferentes de absenta al lado de un botellín de cacaolat y de siete tipos de té. Una lámpara de a loja do gato preto que me trae la sensación de un bonito dejà-vú. Un cartel francés de Absenta Terminus donde una mujer con un vestido azul cielo, guantes blancos y el típico recogido de mediados de siglo señala, sonrojada, la copa que lleva en su mano y le dice al que será su distinguido amante: «C’est mon peché mignon». La Absenta es uno de los lugares que me acogen en esas mañanas tempranas en las que paso unas cuantas horas en la productora de la calle de la Cera.

Esta mañana ha entrado un hombre portugués y hablaba de una forma que me ha hecho pensar en un mendigo que me habló en la rua Augusta, durante mi segundo viaje sola, cuando fui a Lisboa. Sonrío, me invade una sensación placentera al recordar mis aventuras solitarias por el mundo. La más reciente es, precisamente, la que más nostalgia me trae. Pienso en esa ciudad y en todas las ciudades que me han acogido y me han cambiado, y que no sé si lo han hecho tan bien como ésta última. Mientras el café me calentaba las manos remojadas por la lluvia y sintiendo ya como se agravaba esa nostalgia matutina, se me ha erizado la piel al recordar la hipnótica voz Najwa Nimri –o Leire– en el monólogo que protagoniza en la película Piedras (2002):


Lisboa es rara, Javier. Es una ciudad de la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido, pero eso me hace ir despacito. Más tranquila, con dos dedos. Torpe, pero acertando en las letras que quiero dar. Estoy tranquila, por fin. Al menos ya no siento que me muero por dentro, eso es bueno ¿no? Tengo ganas, pequeñas, pero ganas de empezar otra vez y olvidarme de que esta o cualquier ciudad está tan triste como yo y notar que estoy cambiando, aunque solo sea un poco. Bueno si es mucho, mejor. ¿Has visto que egoístas nos volvemos cuando estamos solos? Espero que tu novio el médico tenga cura para el egoísmo. ¿Tú crees que nos enamoramos solo para no estar solos? (…) Espero que lo que tienes ahora sea lo que siempre deseaste tener. ¿Dónde irán lo sueños cuando no los conseguimos? Porque a algún sitio tienen que ir. Aunque creo que al final los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda, una excusa para vivir. Por eso, a veces, también se convierten en la mirada nostálgica de aquello que nunca fuimos. (…) Deseo, deseo, deseo, deseo… quiero con todas mis fuerzas ser feliz. Y con eso hacer un poco felices también a los que me rodean. Eso es lo que siempre quise. Ay, qué bien Lisboa, Javier.
 
Y entonces vuelvo en sí. La consciencia me pilla in fraganti delante de la obra Mayo de 1968 (1968-1973), me maravilla y me continuará maravillando cuando deje de trabajar aquí. La nostalgia no siempre tiene que ser triste. Como cantaba Luis Ramiro en la canción Flor de invernadero: «soy feliz, triste feliz». Ay, qué bien…

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