lunes, 28 de enero de 2013

Homo homini lupus est decía Plauto en Asinaria, una de sus piezas más emblemáticas. Estoy en la sala Joan Prats y no puedo sacármelo de la cabeza. Ando sin parar, camino siempre porque eso parece que da cuerda a mis pensamientos cuando estoy en un estado semejante. Cada día que pasa me doy cuenta de que Plauto tenía toda la razón: a veces nosotros mismos devenimos nuestro peor enemigo.
Hace unos días que intento, aunque sea una vez al día, pararme en este bucle en el que vivo –y en plural, vivimos– y reflexionar un poco. Estamos tan envueltos en esta vorágine que esta nuestra sociedad que no nos damos cuenta de nada, la mayoría de las cosas suceden a nuestro lado, se cuelan en el rabillo de nuestro ojo, y pasan, sin más pena ni más gloria. Yo misma ando sintiéndome últimamente de la misma forma. Cada vez que llego a casa, después de días y días de no parar, me invade una sensación semejante que no puedo describir en una sola palabra. Es como si dependiera de un reloj que me arrastra y que nunca tiene suficientes horas para mí.

Cuanto más rato ando entre las esculturas de la segunda sala de la colección permanente más lo pienso. Se necesita frenar para ser consciente. Tienes que pararte para darte cuenta de que vuelves a estar igual de dentro que siempre, pese a que no lo creas. Es como un centro que te absorbe hacia su interior aunque sea en contra de tu voluntad y del que, por suerte o por desgracia –y, por supuesto, no quiero parecer derrotista– cada día que pasa creo que es más imposible salir. Este sistema en el que vivimos es como un ave carroñera que nos va devorando poco a poco y acabamos, en definitiva, todos igual, con la misma sensación de tristeza y de algo que confundimos con el inconformismo perenne. Y con la misma huella física de un vacío interior que no se llena con nada.

Swami Prajnanpad decía que somos el producto de nuestro entorno. Por eso no podemos ver nada que esté fuera de nuestras costumbres y de las convenciones sociales de las que estamos impregnados. Si queremos ver más allá, menciona, debemos liberarnos antes de nuestra forma habitual de interpretar los hechos. Así, sea como sea todo lo que me envuelve, creo que hay pequeñas acciones diarias que pueden ayudar a mejorar todo lo que hay a nuestro alrededor, intentando vivir con más nobleza y un pelín más generosidad. No cuesta tanto si lo pensamos. La generosidad empieza por algo tan sencillo como puede ser sonreír a alguien desconocido y un regalo como éste, bajo mi humilde punto de vista, es lo más económico que se puede encontrar en estos tiempos de crisis.

En El gran Gatsby (1922), Francis Scott Fitzgerald –que vivió en los que fueron denominados «los felices años veinte»– acaba uno de sus majestuosos libros diciendo en boca de Nicholas Carraway: «Y así seguimos bogando, como botes contra la corriente, arrastrados incesantemente hacia el pasado». Nunca me gustaron mucho las corrientes fuertes que se llevan hasta tu propia y única esencia. Lo que eres de verdad. Así que, aún y mi estima –declarada y fehaciente– por la elevada óptica literaria de este gran escritor, testigo de una época que se movía entre el jazz y la ginebra, me declaro partidaria de una visión más ghandiana del asunto. Y es que cuánta razón tuvo éste al escribir: «Debemos negarnos a dejarnos llevar por la corriente. Un ser humano que se ahoga no puede salvar a otros». Entre las esculturas que son el paisaje de esta hora decido repartir sonrisas, uno de los flotadores más potentes y menos costosos.

sábado, 12 de enero de 2013

Sala K. Me acerco a las puertas de vidrio que dan entrada a la terraza. A través de ellas parece sentirse una libertad que ahora es inexistente. Salgo, admirando el cielo. El sol está escondiéndose detrás de los altos árboles que envuelven la Fundación. Mientras, en un cielo que va combinando los colores rosados y los azules, dos aviones se cruzan en el dejando atrás, paulatinamente, una franja de un color blanquecino que marca una señal en forma de cruz. Camino hacia el extremo opuesto a la puerta de entrada, situándome justo enfrente de una Barcelona que se me presenta minúscula, ínfima. Cuantas más veces la veo así, más consciente soy de que es una visión privilegiada de una ciudad que siento muy mía. En la distancia, aprecio lugares que luego, a pie de calle, se me aparecen a una escala mucho mayor. Todo se ve distinto con una perspectiva, incluso la Ciudad Condal. Momentos como estos me dan energía.

Cuando entro otra vez, ya que mi cuerpo está notando en demasía el frío exterior –y lo nota porque sólo llevo un jersey fino y un chaleco negro–, empiezo a pasear con una lentitud calculada. No hay más que dos personas en todo el tramo de salas en el que me toca pasar la siguiente hora. Llego hasta la última sala sabiendo qué voy a buscar. En las cuatro paredes que forman la última sala se encuentran, creo poder decir, las obras que más me emocionan del artista. Me sitúo delante de una y me invade una sensación de nostalgia. A través de la obra El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de la amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes (1967), depositada en el museo gracias a Katsumata Katsuta, recuerdo a T. Camps. Sé que ella lo considera como el más grande –o uno de los más grandes– artistas que Cataluña nos ha regalado.

T. Camps es una mujer bajita, de pelo cano, con unos ojos claros desgastados de tantos años de curiosidad incesante. Tiene una forma de andar muy particular y es que parece que vaya dando pequeños saltitos mientras el resto del cuerpo se le mantiene impasible. Siempre –dentro o fuera del aula– lleva las gafas en una posición más inferior de lo que parece posible en un tabique nasal. Esta colocación de los anteojos hace que tenga una voz más nasal de la que normalmente tiene y a veces, entre eso y su rapidez en el habla, se hace ciertamente difícil de entenderla. Mujer con una inagotable mente despierta, libre, que muchas veces recuerda al ensimismamiento infantil por las cosas que envuelven la vida humana. Ese ensimismamiento tan propio me recuerda muchísimo a Miró. De hecho, Tortell Poltrona, en un fragmento de un video, menciona que el artista siempre le recordó «el ser niño» en la forma que tenía de mirar el mundo y en esa tremenda capacidad infantil de caerse y volverse a levantar, facultad que, como bien dice, cuando nos hacemos mayores vamos perdiendo progresivamente cuando aprendemos a mentir. Lo que más me gusta de T. Camps es que me recuerda a una pequeña exploradora que nunca sacia su sed de descubrir, parámetro con el que me siento profundamente identificada. Y en realidad cada vez más pienso que las cosas nos gustan porque nos autodefinen –tanto por cómo somos, así como por cómo querríamos ser–.

Es una profesora que, mientras hace crujir los múltiples anillos que sus dedos acarrean contra la mesa del proyector –manteniendo la tradición de las diapositivas que tanto le gustan–, acostumbra a espetar unas máximas de una profundidad y una experiencia desbordante, de esas que te dejan patidifuso y que crees que tienes que ir anotando para no olvidarlas nunca. Hoy mismo, mientras golpeaba al ritmo de su entusiasmo, ha sentenciado: «quien tenga la constancia de resistir, siempre con autocrítica, quedará». Gracias a esta gran mujer, porque lo cierto es que siempre va bien, en estos momentos de nihilismo total y expandido, que alguien con una vehemencia tan patente te recuerde que, en realidad, siempre hay esperanza. Como vaticina el refranero popular: «no hay atajo sin trabajo» o «quien trabaja con afán, pronto ganará su pan».

jueves, 3 de enero de 2013

Temporal 2. Me deslizo ligeramente por toda la superficie de la sala. Creo que en realidad no soy capaz de darme cuenta de nada de lo que ocurre a mi alrededor ya que estoy demasiado ensimismada en mis pensamientos. Acabo de tener un incidente no demasiado agradable con alguien que no forma parte de mi plantilla pero que aún así tengo que cruzarme todos los días –o casi todos– en el trabajo. La susodicha, sin razón aparente ha optado hace escasos diez minutos por reírse de mi, en mis propias narices. Es de ese tipo de personas que te hacen entrar en combustión de repente y sin quererlo con sólo mirarlas. Siento una rabia tan grande que en mi imaginación recreo la obra de Saburo Murakami que se expone al final de la sala usándola a ella como sujeto que atraviesa la pseudo-tela. Finalmente me doy cuenta de que ello no me lleva a ninguna parte y, cuando la adrenalina del genio se me ha bajado, me empieza a invadir una ola de tristeza. Me gustaría irme corriendo de aquí. Me gustaría encontrar un lugar semiescondido donde poder pasar desapercibida.

Después de un rato de paseos incesantes en los que realmente no creo ni que percibiese si alguien se está comiendo alguna de las obras expuestas, me viene algo a la mente. Una sensación como la que se te produce cuando tienes un sentimiento común con algo o alguien. Me acuerdo de Esther Greenwood, la protagonista de la única novela escrita por la poeta estadounidense Sylvia Plath –publicada en 1963 bajo el seudónico de Victoria Lucas–. Entre las páginas de esta novela en clave, Greenwood se encuentra en una situación parecida a la mía. En una de esas situaciones en las que, a posteriori, rememoras lo ocurrido y piensas en una brillante respuesta que deje al contrario anonadado, sin palabras. En su caso, el acompañante no es mi susodicha, obvio, sino Buddy Willard, un intento de amor que fracasa al fin. El asunto va de la siguiente forma:

—¿Sabes lo que es un poema, Esther?

— No, ¿qué es? – decía yo

— Un grano de polvo.

Entonces, cuando él comenzara a sonreír y a mostrarse orgulloso, yo diría:
— También lo son los cadáveres que cortas. También lo es la gente a la que crees curar. Son polvo como el polvo mismo es polvo. Calculo que un buen poema dura mucho más que cientos de esas gentes juntas.

Anonadado se hubiera quedado el señorito Willard con esta respuesta, tan sólo por la belleza que se esconde entre estas pocas palabras que pone Sylvia Plath en boca de la señorita Greenwood. Yo no sé si hubiera tenido, en el momento, la misma destreza que Esther con mi susodicha. Lo que, pensándolo a posteriori, sí le hubiera dicho, y, claro está, usando el polvo –u otros componentes de textura granulosa–, sería: «¡Y tú de qué te ries, que no tienes más que serrín en la cabeza!». Yo no sé cuánto dura un poema, Esther Greenwood, pero lo que sí estoy segura es que dura mucho más que el tiempo que le da la capacidad de raciocinio de mi susodicha. Que vivan los poemas y su larga vida, y la gran literatura que, aunque sea en mi cabeza, sigue callando las enormes estupideces.